Minha poesia por Martin Palacio Gamboa

Foi postado no Facebook um trecho de Martin Palacio Gamboa, crítico uruguaio, pesquisador, estudioso de poesia brasileira, sobre minha poesia. Faz parte de Los trazos de Pandora, série sobre poetas contemproâneos brasileiros publicada em http://www.jornaldepoesia.jor.br/BHCAlivro08.pdf .

Copiei e reproduzo-o na íntegra. Nem preciso dizer sobre o que acho de ser lido desse modo.

Aí vai:

Algo que se destaca a primera vista en la poética de Claudio Willer es esa virginización de lo mirado -fuertemente deudora del surrealismo y el creacionismo- que nos retrotrae a una especie de estadio antes del asombro. Podríamos ser más precisos y decir que en este autor hay una gramática que busca acceder al verbo primero en cuanto lleva implícita una trayectoria y una voluntad axial que es la de ser la recuperación del paraíso y, en su manifestación alfabetaria, interrumpir la caída del hombre, restituyéndolo a su condición de ser elegido. Evidentemente, estamos frente a una dimensión mesiánica -a la vez que dionisíaca- de la escritura. Recordemos la apuesta de Huidobro cuando el mismo afirma que “el poeta conoce el eco de los llamados de las cosas a las palabras, ve los lazos sutiles que se tienden las cosas entre sí, oye las voces secretas que se lanzan unas a otras palabras separadas por distancias inconmensurables [...] Toda poesía válida tiende al último límite de la imaginación. Y no sólo de la imaginación, sino del espíritu mismo porque la poesía no es otra cosa que el último horizonte, que es a su vez la arista en donde los extremos se tocan, en donde se confunden los llamados contrarios. Al llegar a ese lindero final, el encadenamiento habitual de los fenómenos rompe su lógica y al otro lado, en donde empiezan las tierras del poeta, la cadena se rehace en una lógica nueva”. Huidobro sugiere que el poeta -ese mago o pequeño dios- comparte una forma extrema de subjetividad para quien no puede existir un lugar preestablecido en donde colocar su epifanía. Le queda entonces definir, circunscribir en un conjunto de categorías propias del lenguaje, una delineación de ciertos puntos de fuga a partir de la inmanencia: palabras y fenómenos hacen parte de una misma esfera óntica. Claudio Willer lo sabe y lo comparte, y por eso nos revela que, a través del verbo, el texto encarna -noción sacramental- la presencia real de un ser significativo. Esta presencia real, como en un icono, como en la metáfora representada por el pan y el vino, es una singularidad en la cual el concepto y la forma constituyen un exceso de significación situada por sobre todos los elementos discretos del código. El pan y el vino de la misa son la carne y la sangre de Cristo y no son meros representantes, y esto quiere decir que en dicho acto la metáfora y la capacidad de representación tienen un punto de alcance y al mismo tiempo un exceso: contienen una presencia real, una esencia, algo que va más allá de la significación y que es operativo por sí mismo. Así, del mismo modo, somos habitados por la presencia real que subyace al escrito. De allí que, en el ritual de la palabra, el verso se convierta en acto. Pero en lo ritual la acción no es el punto más activo; lo activo es el sentido. Es una acción que no se presenta directamente sino que se presenta de forma hipostática: se re-presenta. Si el ritual es el espacio sagrado de la retórica, la acción convierte al sentido en acto, lo actualiza. Podemos parafrasear a Heidegger diciendo que la “poesía” o la “lengua”, es decir, la “palabra” entendida como “nombre”, cumple esa función delótica, a saber, “hacer patente” el ente, y esto entendido en el sentido estricto de que “el ente sea”, lo cual es perfectamente coherente, puesto que en términos fenomenológicos la “presencia” de algo, significa exactamente que ese algo es, significa su “ser”: el ente está presente o es apenas en cuanto es nombrado. Tal vez por eso mismo, en Claudio Willer la escritura no sólo se transforma en imagética de lo posible; también se transforma en gozo. Desde el momento mismo que lo poético radica en (y logra) ese punto de indiferenciación entre lo ideal y lo sensible, la consecución de esa especie de numinosidad estética es -para el autor- no tanto una realidad empírica, cuanto una exigencia de trascendencia realizada por la razón. Sin embargo, esta instancia propia de una percepción marcada por lo analógico, no es solamente propio de la poesía sino también de la magia. En Los hijos del limo, Octavio Paz indica que “lo específico de la magia consiste en concebir al universo como un todo en el que las partes están unidas por una corriente de secreta simpatía. El todo está animado y cada parte está en comunicación viviente con ese todo [...] De ahí que el objeto mágico sea siempre doble o triple y que alternativamente se cubra o desnude ante nuestros ojos, ofreciéndose como lo nunca visto y lo ya visto. Todo tiene afán de salir de sí mismo y transformarse en su próximo o en su contrario: esta silla puede convertirse en árbol, el árbol en pájaro, el pájaro en muchacha, la muchacha en grano de granada que picotea otro pájaro en el patio de un palacio persa”. Además, “el objeto mágico”, dice Paz, “abre ante nosotros su abismo relampagueante: nos invita a cambiar y a ser otros sin dejar de ser nosotros mismos”. De este modo, pues, magia y poesía, imagen poética y analogía se confunden, aspecto que el surrealismo consideró pertinente insistir y que, de manera consecuente, Claudio Willer no cesa de explorar en todas sus direcciones: lo que de por sí confiere un aspecto esotérico y gnóstico a la cosmovisión que la arquitextura de su trazo corporaliza y eclosiona, apología de la heterodoxia frente a las discursividades más ortodoxas de la tradición occidental. A medida que esa fulguración apalabrada define una transfiguración azarosa de lo inmediato, buscando por la introspectiva visionaria el encuentro con lo maravilloso, la existencia de sus puntos críticos en los que se contaminan mutua y celebratoriamente el caos y la transición nos muestra las múltiples posibilidades que encierra el negativo de este mundo nuestro de coordenadas terrestres/con su sordo murmullo de fuentes infinitas.

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One response to this post.

  1. [...] O ensaio de Martín Palacios Gamboa em Los trazos de Pandora, que já havia copiado aqui: http://claudiowiller.wordpress.com/2012/05/14/minha-poesia-por-martin-palacio-gamboa/ [...]

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